El misterio del barrio no son sólo sus cuevas, ni sus paisajes, ni los versos que todos los poetas escribieron, ni la indescriptible alegría de una zambra, ni la cal de las fachadas, ni las flores, chumberas o pitas. El misterio del barrio es el tiempo detenido en usos, formas y costumbres que no son de este siglo ni de ningún otro y, sobre todo, está en sus gentes, en los gitanos que son tan nuestros como nosotros mismos.
Los gitanos, según cuentan algunos, llegaron con las tropas cristianas de los Reyes Católicos y se asentaron en lo que hoy es el barrio. Más tarde, sufrieron persecución y hasta fueron expulsados, aunque con dudoso éxito como se puede constatar. Los gitanos eran los artesanos del ejército cristiano y dedicaban su tiempo a los metales, a las guarniciones de la caballería, al golpe limpio sobre el yunque que acabó siendo compás de martinete y letra de bulería.
Lo que vino con los gitanos se mezcló con lo morisco y así nació el flamenco y, sobre todo, la zambra. La fiesta gitana que nació en Granada y sólo en ella pervive en un cariñoso reto a Jerez, a Utrera o a Triana, con bailes ortodoxos y lejanos como la mosca o la cachucha. Diariamente se inicia el vespertino rito: el opaco sonido de las duras suelas de los zapatos de baile sobre el empedrado del barrio señala, como un reloj, el camino de los gitanos hacia las cuevas para que los turistas sorprendidos, aturdidos o admirados se lleven a su casa la sensación feliz de no haber entendido nada, pero haber disfrutado mucho. Ajenos casi siempre, a la complejidad de un arte que, cuando habla, lo hace con muchos lenguajes diferentes; con el de la fiesta como las bulerías, tangos, alegrías, con el del llanto como los martinetes, los tientos, las saetas o con otros que, perdidos ya en el tiempo, son sólo un grito que se templa o se desgarra sin más sentido que el del propio grito. Pero el barrio no es sólo la fiesta.
Subir la relajada cuesta que lleva a la abadía que fundara el arzobispo don Pedro de Castro en el XVII, es la tentación habitual para los visitantes que, a la ida o a la vuelta, podrán pasar un rato en la terraza del Juanillo y descubrir la íntima frescura de la garganta de Valparaíso. A la abadía es conveniente subir, no sólo por el paseo de ensueño que allí conduce sino también porque en ella se guardan obras de los más importantes artistas que trabajaron en Granada desde el XVII como Alonso Cano, Sánchez Cotán, Raxis, Bocanegra y, sobre todo, las planchas que sirvieron para la estampación de los originales grabados que constituyen el más rico capítulo de la historia gráfica de Granada. El plano que grabó Ambrosio de Vico en el XVI y nos ha permitido reconstruir la Granada medieval casi con absoluta precisión o los grabados que Heylan hiciera para contarnos el hallazgo de las reliquias de san Cecilio en las cuevas que se abren junto a la iglesia. Merece la pena, sin embargo, renunciar en algún punto al camino directo que conduce al edificio y entrar en las pequeñas calles que suben hacia el cerro. Es la única manera de entender en su justa dimensión el insólito espacio donde se desarrolla la auténtica vida de los vecinos del Sacromonte.
Las cuevas, mezcla de cobre y cal, que horadan la montaña sagrada son un modelo de hábitat irrepetible que provoca en el visitante un vacío y confuso sentimiento de no comprender nada o, en todo caso, de estar contemplando una ficción, una escenografía de cartón piedra cuando la lógica niega lo que es real. Lo que ocurre es que la lógica suele vivir en apartamentos y le cuesta entender que existan tabiques de cien metros de espesor, que la insonorización de una habitación
sea absoluta, que la temperatura del interior sea constante en invierno y en verano y que los techos tengan varios metros.
El barrio no es lógico, y el paisaje que lo forma tampoco. Rocas blanqueadas que son puerta y techo de otras cuevas, raros agujeros en el suelo que son chimeneas, jardines lunares de pitas y chumberas donde sólo el clavel pone color y el jazmín olor. Y un urbanismo de calles y plazas diseñado por la naturaleza al que el ser humano, los habitantes del más extraño barrio del mundo, se han adaptado con una fidelidad tan fuerte como la propia montaña sagrada en la que habitan.