La abierta comunicación que el barrio del Realejo presenta en la actualidad con el centro de la ciudad, a través de la calle Molinos o de la cuesta del Progreso, ha desdibujado en cierta medida las características esenciales de este importante núcleo de la Granada musulmana que, desde la conquista cristiana e incluso antes, ha ido modificando su imagen hasta la actualidad. De sus murallas y sus puertas —entre las que se encontraban las muy famosas de al Fajjarín y de Neched, de los Alfareros y de los Molinos— no queda ya ningún resto y del viejo trazado laberíntico, típico de las ciudades musulmanas, sólo permanece el de las zonas altas del barrio.
Lo más significativo de esa modificación desde su denominación como Garnata al–Yahud, arrabal judío de la ciudad musulmana, sea probablemente la actual preponderancia de las zonas llanas del barrio frente a las que se sitúan en la ladera de la colina del Mauror, la que baja desde Torres Bermejas y que en 1410 dio cobijo a los habitantes de Antequera por lo que recibe el nombre de Antequeruela. Así que es lógico pensar que, como el Albaicín, el Sacromonte o la Alhambra, también el Realejo como núcleo musulmán, crecería desde la cima de las colinas hacia la vega.
Entrar al barrio por arriba no es sólo históricamente recomendable, es además lo más sensato si consideramos lo empinado de sus cuestas y, sobre todo, que muchos de los bares del barrio están abajo, en torno al Campo del Príncipe.
Comenzando por arriba, por tanto, el primer lugar que merece nuestra atención es el carmen de los Mártires, construido en un emplazamiento en donde la tradición sitúa las mazmorras para los cautivos cristianos en tiempos nazaritas. Una vez conquistada la ciudad, se convirtió en un convento de carmelitas en el que estuvo algunos años como prior san Juan de la Cruz. Su fisonomía actual corresponde al siglo XIX y su interior es un alarde del imaginario orientalista de la época. Los jardines son una mezcla acertada de modelos franceses e ingleses, aunque en los últimos años de la dictadura se taló parte de su hermoso bosque. El agua de fuentes y estanques y las magníficas vistas sobre Granada y el Realejo justifican por sí solas su visita. Bajando la cuesta, a la izquierda está el auditorio Manuel de Falla colindante con la casa museo donde vivió el genial músico gaditano, e inmediatamente llegamos al hotel Alhambra Palace y al lujo de sus terrazas.
Casi en la puerta del hotel comienza un callejón en el que se encuentran dos de los núcleos culturales más interesantes de Granada: la Fundación Rodríguez Acosta y el Instituto Gómez Moreno. La Fundación posee una peculiar colección de obras de arte fruto de un envidiable modelo de coleccionismo personal, por lo que el visitante, aunque se sienta tentado a dejarse arrebatar por la belleza de sus jardines, no debe renunciar a recorrer su interior lleno de sorpresas, sobre todo, la biblioteca. La estética entre glamour y eclecticismo, el uso de elementos reales con imitaciones, la originalidad en el tratamiento de la vegetación y el agua, y otros factores paisajísticos, hacen del carmen sede de esta Fundación una auténtica obra maestra de la arquitectura de principios de siglo.
Ya en las Torres Bermejas, el paseo es siempre hacia abajo por las empinadas cuestas que se dibujan entre los más hermosos cármenes y humildes viviendas que se organizan en torno a patios encalados. El trazado de las calles vuelve a llevarnos al pasado, al aparente desorden de una medina musulmana, de una ciudad que crece de forma espontánea y orgánica, en la que dominan las relaciones cosanguíneas a la hora de distribuir y organizar el espacio.
A partir de este punto y descendiendo la ladera, se atraviesa el barrio de la Antequeruela y se entra en el del Realejo, barrio que fue judería de la ciudad, la Garnata al-Yahud. Aún en la actualidad ha sabido conservar la seducción de una forma de vida que nos habla de convivencia y de relaciones entre sus habitantes difíciles de encontrar en una ciudad del siglo XX.
Cerca de la parte más llana está el antiguo lavadero de la placeta de la Puerta del Sol, un espacio íntimo que alguien se dejó olvidado como testigo de un pasado no tan lejano. El núcleo del barrio es el Campo del Príncipe, una gran plaza con una larga colección de bares, restaurantes y tabernas de gran interés para el visitante que agradecerá el reposo de sus mesas al sol tras un empinado paseo.
A diferencia del Albaicín, en el Realejo la arquitectura cristiana se inició desde muy temprana época y desde tipologías muy variadas. Aunque como es lógico, las más significativas sean religiosas y, entre ellas, los conventos. Como el de las Comendadoras de Santiago, fundado por la reina Isabel en el año 1501, lo que lo hace uno de los más antiguos de la ciudad. Tampoco debemos olvidar otros como el de Santa Catalina, el de Santa Cruz la Real, la iglesia de San Cecilio o la de Santo Domingo: un espacio de piedra y melancolía serenamente iluminado por el recuerdo de Fray Luis de Granada.
Sin embargo, no todos los edificios construidos tenían carácter religioso, de hecho, el Realejo fue un lugar de preferencia para la edificación civil, con corralas de vecinos que eran, más que lugares para vivir, un mundo de relaciones de estrechos y limitados lazos más allá del parentesco, y, sobre todo, con viviendas de carácter nobiliario, palacios urbanos señalados por los escudos y emblemas de sus fachadas. Como la casa de los Tiros que conserva en el techo de su Cuadra Dorada un casi surrealista trabajo de carpintería. El edificio, más fortaleza que palacio, repite en diferentes zonas el emblema, auténtico discurso político de justificación colaboracionista, de la familia múdejar de los Granada Venegas: el corazón manda.