Los orígenes del conjunto de la Alhambra y el Generalife son confusos, hay restos claros a partir del siglo IX, aunque sus momentos más brillantes corresponden a la monarquía nazarí y al reinado de Carlos V, es decir, entre los siglos XIII y XVI.
En sus palacios, desde la vidriera del mirador de Daraxa, hasta la piedra turronera de los órdenes del palacio de Carlos V, todo está diseñado, proyectado y ejecutado pensando en la perfección, en unas ocasiones, cercana al Corán o la Sunna, en otras, más cerca del neoplatonismo del renacimiento. En la Alhambra, un mundo islámico se sustenta sobre un pensamiento clásico que no es sólo perceptible en el orden simbólico del palacio del emperador; el patio de los Leones es también un claustro monacal y se organiza según la sección aurea, la más clásica de las proporciones.
Hay diferentes formas de entender el conjunto: se puede por ejemplo, diseccionar por separado cada uno de los elementos, jardines y palacios, que lo componen. Aunque es más sugerente acercarse a su misterio como quien entra en una ciudad que no conoce y así descubrir las puertas, los paseos, las calles y edificios de un organismo que funciona como una sofisticada manifestación del poder de quienes lo habitan.
Desde la ciudad, la presencia de la Alhambra en la colina no es otra cosa que el símbolo del esplendor que alcanza el reino y la casta dominante que lo rige: monarcas que habitan el más hermoso de los espacios, el más parecido al paraíso que el islam promete a sus fieles. Por eso, la Alhambra será acrópolis y paraíso al mismo tiempo. Segregada y distante, pero siempre presente, los granadinos sólo suben a ella cuando demandan algo del poder y aun así, para acceder, tan sólo, a la parte semipública de los palacios, al Mexuar. El resto, todos lo saben, es un laberinto cuyos secretos sólo el príncipe y su casta conocen: desde los juegos matemáticos y cabalísticos de las decoraciones en yeserías y azulejos hasta el movimiento de los astros perceptible en los mocárabes de la sala de los Abencerrajes.
Carlos V lo entendió a la perfección y repitió el esquema en un palacio cuadrado, orientado a los cuatro puntos cardinales en los que el poder terrenal del emperador se manifiesta, y en un círculo inscrito, símbolo del poder divino. Si aún hay dudas, la decoración del exterior rememora los trabajos de Hércules con quien el emperador se asocia en el mito.
Por encima de los palacios, la zona que el agua y el sueño de los hombres convirtieron en el más hermoso jardín del mundo, el Generalife. El Yannat al-arif de tiempos nazaríes era un lugar de retiro y descanso, un palacio de verano que se sitúa en la ladera del que se conoce como cerro del Sol. La parte más importante del conjunto la constituyen sus jardines ya que sus edificios no son comparables al resto de los palacios nazaríes y evidencian el caracter íntimo y privado de su uso. Donde sí se alcanza un nivel insuperable en calidad constructiva es en el tratamiento de un elemento arquitectónico que se convierte en la pieza maestra de los jardines; el agua y los deseos que en los sentidos despierta. Sea el ruido de las fuentes que es siempre constante pero nunca monótono, sea el frescor que inunda los rectangulares patios como el de la Acequia, sea el color de la luz que se filtra o se refleja. O sea, simplemente, el olor del jardín en la exuberante primavera y la sombra de sus árboles en verano.