PASEO POR
LAS AGUAS DE GRANADA


Una posibilidad de recorrer y conocer Granada es seguir el curso del agua que, por el cauce de sus tres ríos, se mueve entre el misterio y la sorpresa.
Hay ciudades donde los ríos dibujan avenidas entre la trama urbana. Y son famosos por la anchura de su cauce, por el volumen de su caudal o por el brillo de sus reflejos en la noche.
Pero ¿dónde está el agua del Darro que plaza Nueva oculta? ¿Por qué fluyen las fuentes en lo más alto del Generalife si allí no hay manantiales naturales?
Ha entendido siempre la ciudad el agua de forma caprichosa y así, desde que tiene memoria, ha jugado a someterla a miles de artificios. Subirla a las colinas más elevadas del Albaicín con la acequia de Aynadamar, guardarla en los viejos aljibes de sus plazas y hasta ocultarla debajo de sus calles.
Granada entera fluye en un universo subterráneo de corrientes que, de cuando en cuando, afloran; en la carrera del Darro (Haddaru), en el viejo molino de la acequia Gorda (al–saqiya al Kubra), o cuando el Darro y el Genil (Sinyil), se encuentran a la luz junto al paseo del Violón.
Pero no es sólo correr del agua bajo la tierra. También Granada, agua oculta que llora, se remansa melancólica en los depósitos que, sólo el testigo de los ladrillos rojos o el nombre de algunas calles, evidencian. Aljibe de Trillo, calle del Agua..., cerca de treinta aljibes permanecen repartidos por la ciudad.
Por no renunciar a ver la luz o por costumbre vieja y generosa, también el agua brota en fuentes limpias y frías que dan pistas en el misterio subterráneo. Sea un caño humilde como el que repara las duras tardes de agosto frente al hospital de San Juan de Dios o el llamativo alarde de los ingenieros que como un telón oculta el decorado del hospital Real en las fuentes del Triunfo. Da igual el tamaño o la forma, en cada ricón de Granada hay una fuente o dos si el lugar es grande como la ribera del Genil en el Salón o la explanada de plaza Nueva y hasta la reina Isabel y Cristóbal Colón se mojan los pies en la fuente de la plaza de Isabel la Católica.
Dice la gente que en Granada no hace frío hasta que se hielan los charcos de la fuente de plaza Nueva y, de esta forma, se convierte la fuente no sólo en capricho de decoración, sino también en termómetro subjetivo del ambiente urbano.
La que no se hiela nunca es la que se encuentra en la misma plaza, cercana a Santa Ana. Antes, vieja costumbre granadina de cambiar las cosas de sitio, no estaba allí, sino al final de la plaza, aunque el nombre sigue siendo el mismo: el pilar del Toro por el evidente mascarón en foma de cabeza de toro de cuya boca nace el generoso caño.
Otra que no renuncia a moverse cada tanto, es la fuente de las Batallas en Puerta Real. Batallas eran en la Edad Media cristiana, las formaciones militares en las demostraciones y desfiles que el ejército hacía para practicar las artes de la guerra. En esa plaza, rincón de sol para paseantes y sedentarios urbanos, solían realizarse las paradas y de aquí le quedó el nombre al espacio abierto frente a la fortaleza de Bibataubín, pero sobre todo, a la misma fuente.
La plaza de la Trinidad, a la que la vegetación hace tan distinta en verano y en invierno que debiéramos incluso cambiarle el nombre según la estación, existe gracias a la desamortización de un convento que allí estaba.
En medio de la plaza, una pequeña fuente centraliza el exótico jardín que la rodea y, cada banco, si alguno queda libre, es una tentación que mezcla el rumor del agua con la sombra de los plátanos y el tranquilo deambular de la fauna urbana.
De todas las fuentes del centro de Granada, la más hermosa es la de la plaza Bibarrambla; orden jerárquico desde las fuerzas brutas de la naturaleza mitológica y acuática de los tritones, hasta la divinidad marina de Neptuno. Como la de las Batallas y como el pilar del Toro, también tiene la costumbre de moverse y antes de venir a parar a esta plaza estuvo en el paseo de la Bomba y en el antiguo convento de San Agustín.
No hay paseo en Granada que no sea un viaje sobre el agua, que no siga el curso de una acequia, de un riachuelo, que no se encuentre con el agua a cada instante.
Si de la Alhambra se trata, no son sólo las fuentes de todos conocidas; las que llenan el Generalife, las que alimentan el patio de los Arrayanes o el de los Leones, las que inundan el Partal o el pilar de Carlos V. Es también el agua que baja por los arriates hasta la puerta de las Granadas y es la que nace de las fuentes del Tomate y del Pimiento en las sombrías alamedas o la que convierte el carmen de la Fundación Rodríguez Acosta en un paraíso escondido tras sus eclécticos muros y, sobre todo, el agua del carmen de los Mártires que se deja hacer y se convierte en un capricho; resbalando por los muros de hiedra y de verdín, saltando en las fuentes o dormida en el estanque a la espera de algún suspiro viajero.
De todas las fuentes de Granada, las más famosas, aunque cercanas, están fuera de la ciudad y viven repartidas entre la realidad y la ficción de la literatura. En Alfacar, la fuente Grande de Aynadamar, artificio natural que llora sin más razón que la de su belleza o quizás, que estando viva, ha adivinado la triste suerte del poeta que yace junto a ella.
También muy cerca de Granada y perdida entre los chopos de la vega, la Fuente de los Vaqueros. Pero ¿dónde está? sino en el nombre del pequeño pueblo que entre las huertas y los secaderos de tabaco guarda memoria de la casa natal de García Lorca, del humilde casón de agricultores como tantos otros de la vega.
La fuente del Avellano, indescriptible porque inefables son las sensaciones, y el color, y la luz del paseo que, cruzando el Darro por el puentecillo de los Tristes, lleva hasta la fuente más literaria de Granada, la que elegía Ganivet para llorar Granada antes de irse voluntariamente de este mundo en un sitio tan raro como Riga.